Trátese de los novios, los inoportunos y hasta de aquellos equivocados... todos hacen uso del teléfono: «invento de tanta importancia y trascendencia en la vida moderna». De las situaciones que se derivan del diálogo por medio de éste, el cronista recrea situaciones que, para nuestros días, aún mantienen actualidad.

Cuando de bromas se trata, «¡cómo se revela y descubre en esos casos el verdadero fondo moral y educación de una persona!», refiere el cronista, convencido además de que hombres y mujeres dejan ver su otra naturaleza humana, confiados en el anonimato.

Es un estudio curioso el observar como aplica y usa determinado grupo social (en nuestro caso los habaneros) algún invento de tanta importancia y trascendencia en la vida moderna como el teléfono.
El teléfono, en teoría, es el medio de comunicación, rápida y eficaz, a distancia, con otras personas. Debe abreviar y acortar tiempo y lugares y contribuir al mejor desenvolvimiento de los negocios y las relaciones sociales y ahorrar criados y mensajeros.
Pero, de la teoría a la práctica; de la intención y fin que se propusieron los inventores y constructores, a lo que en la realidad sucede va una gran diferencia.
Lo primero que hace falta es que el teléfono responda cada vez que se le necesite y que cuando se descompone sea arreglado inmediatamente; y ambas cosas no suceden ni con mucho. Y resulta que cuando más urgente es la llamada que Ud. quiere hacer menos funciona el dichoso aparatico, y que a lo mejor se cansa uno de avisar a la compañía para que le arreglen su teléfono, y se pasan los días y hasta las semanas sin que esto ocurra; pero, eso sí, a fin de mes le pasarán la cuenta como si Ud. hubiese usado durante los treinta días su aparato.
Además, en Cuba, generalmente, cada abonado y hasta sus amigos y conocidos, se creen que el teléfono es patrimonio de ellos exclusivamente.
Las muchachas y también las niñas, cuando no tienen nada que hacer –y esto sucede muy a menudo– llaman a sus amigos o sus compañeras de juego o colegio, «para conversar un ratico», ratico que dura dos o tres horas.
Es clásico ya que los jóvenes novios, además de ir él por las noches, tener entrada en la casa y llevar relaciones «de sillones», se llamen por teléfono durante la mañana y el día, diez o doce veces, desde la oficina, desde su casa o algún café o establecimiento. Y menos mal que estas llamadas fueran rápidas y breves, pero lo corriente es que se prolonguen durante horas y horas.
Las solteronas que después de haberse encomendado inútilmente a San Antonio de Padua, perdida la esperanza de encontrar quien cargue con ellas y las lleve a la sacristía... o a cualquier otro sitio, echan mano del teléfono como única áncora de salvación que les queda. Y valiéndose del ministerio que les dan los automáticos, se ponen a enamorar a sus amigos o conocidos, y, como siempre hay bobos y desocupados para todo, muchos hombres, creyéndose que se trata de una «hembra pasada», aguantan y siguen la lata, para ver lo que pescan; hasta que, al fin, descubren que, efectivamente, la mujer que los llama está pasada, pero es... de moda.
Hay otras que se dedican a dar bromas, ya a particulares o a los establecimientos, pidiendo encargos o mercancías o metiéndose con las familias de sus infelices víctimas, insultándolos o diciéndoles pesadeces; otros a llamar a una casa durante horas y horas sin contestar quién es.
Y ¡cómo se revela y descubre en esos casos el verdadero fondo moral y educación de una persona! Seguros del anónimo, hombres que en sociedad aparecen correctos y finos, se transforman en groseros, violentos, ordinarios; y muchachas y señoras, que creíamos modelos de delicadeza e inocencia, se convierten en mal habladas y conocedoras de todo el repertorio de palabras gruesas y de doble sentido que posea el más experto carretero o habitante.
Existen también muchos que se consagran al deporte de «coger cruces», deporte que no se practica, ni mucho menos, en los campos de batalla ni en torneos, pues no son las cruces sino los cruces los que cogen, o sean telefónicos.

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Ring... ring... ring ... ring...

–¿Qué número es?

–¿Qué número busca usted?

–No; dígame Ud. el número de su teléfono.

–Usted que llamó es el que debe decirme el número que quiere.

–Está Ud. equivocado; es a Ud. al que le corresponde.

–De ninguna manera, es a usted.

–Si yo le digo el número con el que deseo hablar puede usted decirme que es ése, no siendo así.

–Y si yo le digo el número con el que desea hablar puede usted decirme que es ése, no siendo así.

–Y si yo le digo el número de mi casa, también usted puede engañarme afirmando que es el número con el que desea hablar.

–Mire que tengo prisa y no estoy para perder tiempo.

–Bueno, pues diga el número.

–No; dígalo usted.

–No; usted.

–Usted.

–Usted.

(Y así hasta el infinito).

Y como ésta ocurren a diario mil escenas, mientras tú o yo lector, queremos llamar a una de esas casas, y ¡claro! no nos contestan o está ocupada.
Pero las personas que más dificultan y hacen casi imposible el uso normal, adecuado, rápido y eficaz del teléfono, aparte de los abandonos y deficiencias de la compañía, son las amigas, grandes y pequeñas, viejas y jóvenes, y los novios.
Éstos son la pesadilla y la rémora de todo el atraso que se nota aún en nuestra vida social. Y es curioso observar que nosotros, los cubanos, hemos adelantado en casi todos los ramos de la actividad humana, pero los únicos que no solamente han permanecido estacionados, sino que han sido el obstáculo ante el cual se han estrellado todos los inventos e innovaciones introducidos en nuestra patria, del cese de la soberanía española a la fecha, los únicos reaccionarios, retrógrados y verdaderamente oscurantistas –como que buscan la oscuridad– son los novios.
En lo que se refiere al teléfono, son los que más dificultan su rápido funcionamiento, pues se pasan las horas y las horas de palique interminable diciéndose toda esa serie de boberías amorosas que si dichas cara a cara y, acompañadas del gesto y la acción, resultan interesantes y agradables... (¡cómo no!), dichas por teléfono resultan insoportables.
Puede afirmarse, como artículo de fe, que en la casa donde hay novios es inútil llamar por teléfono, pues el 95 por ciento de las veces se encuentra éste ocupado.
Córranse y no estorben.
Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964

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