Gracias a la consagración y honestidad de hombres como Alfredo Zayas Méndez, logró preservarse el legado de la Oficina del Historiador de la Ciudad.
A la conservación del patrimonio bibliográfico dedicó su vida Alfredo Zayas en la Biblioteca Francisco González del Valle (Oficina del Historiador), único centro donde trabajó hasta que se jubiló en 1994.


«Para mi querido Zayas, sin poder corresponder con este trabajo que hoy publicamos, a tu infinita lealtad».
Eusebio Leal Spengler



Alfredo Zayas Méndez siempre presumió de tener una extraordinaria memoria. Hoy es uno de los pocos sobrevivientes –sino el único– entre los trabajadores fundadores de la Oficina del Historiador de la Ciudad que, creada en 1938, dirigió Emilio Roig de Leuchsenring hasta su muerte en 1964. Desde 1935, ya este último había sido designado Historiador de la Ciudad, y un año después, Zayas comenzó a trabajar a su lado.
Nacido el 16 de julio de 1915, a pesar de ser «hijo natural», la madre lo nombró igual a su padre, Alfredo Zayas y Alfonso, cuarto presidente de Cuba, entre 1921 y 1925. Con más de ochenta años, su estado actual es aceptable: todavía se levanta temprano, lee, camina, da unas vueltas por el barrio, hace ciertas «diligencias». . ., apunta la cuñada del anciano, quien se ocupa de cuidarlo.
En el afán de contribuir al diálogo, ella añade: «pero él está enfermo», a lo que Zayas replica airadamente: «Yo no estoy enfermo». Sólo admite que padece de incontinencia urinaria. Si no fuera por eso –afirma–, todavía iría a la Biblioteca Francisco González del Valle (Oficina del Historiador de la Ciudad), único centro donde trabajó a lo largo de toda su vida, hasta que se jubiló en 1994.
En el extremo derecho de esta foto, sosteniendo un fajo de Actas Capitulares, Alfredo Zayas participa en los festejos por un aniversario más de la fundación de la Villa de San Cristóbal de La Habana.
ALBORES

Vivía en la calle Perseverancia entre Lagunas y San Lázaro, cuando conoció al «doctor Roig», quien a la sazón visitaba a una vecina del lugar. Entonces, Zayas era estudiante de bachillerato y hacía labores de menor cuantía en el Ayuntamiento de La Habana, puesto conseguido por un político de la época.
«Allí uno estaba a merced de cualquier componenda. Por lo que cuando me dispuse a trabajar, me documenté previamente sobre cuál era el lugar más seguro. Por eso, en 1936, decidí marcharme con Roig», dice.
Ese año, Zayas recibió el título de Bachiller en Artes y Ciencias e ingresó a la Universidad de La Habana para estudiar Derecho. Por dificultades económicas, después de aprobar algunas asignaturas del primer curso, debió abandonar las aulas universitarias y dedicarse a trabajar.
Cuando en 1955 se editó la Memoria... que recoge los veinte primeros años de trabajo de la Oficina, entre los créditos del Proemio –escrito por Roig– aparece el nombre de Alfredo Zayas, como el responsable de la transcripción mecanográfica de los originales utilizados.
«Fui testigo de los empeños de Roig para salvar las Actas Capitulares cuando el Ayuntamiento fue trasladado y, por desconocimiento de ciertos personeros, las iban a botar junto con algunas Cédulas Reales», rememora el anciano. Con tales documentos, de valor intangible, inició Roig las colecciones de la Oficina del Historiador de la Ciudad, fundada en 1938 por iniciativa del entonces alcalde de la ciudad, Antonio Beruff Mendieta.
Ese mismo año –según recoge la citada Memoria…– se inauguró la Biblioteca Histórica Cubana y Americana, para la cual el mismo Roig pondría a disposición sus libros personales, gesto secundado por 18 miembros de la asociación Amigos de la Biblioteca Nacional.
«Profundo orgullo nos inspira el hecho de que hayan sido los cubanos los primeros intelectuales del mundo que, rompiendo con la tradicional avaricia que para sus libros tienen los hombres de letras, hayan puesto sus bibliotecas al servicio público», expresó el primer Historiador de la Ciudad, el 11 de junio de aquel año, en la ceremonia de apertura.
El local de la biblioteca estaba ubicado en la planta baja del Palacio de los Capitanes Generales, entonces Palacio Municipal y actualmente Museo de la Ciudad. Hasta que, en diciembre de 1941, por disposición del alcalde Raúl G. Menocal, se trasladó para espacios más amplios, en el entresuelo del propio recinto.
En 1947, la Oficina del Historiador se muda para el Palacio de Lombillo, en la Plaza de la Catedral, y hacia allá se marchan todas sus entidades anexas: el Archivo Histórico Municipal, la sección de Publicaciones, el Museo Municipal de la Ciudad de La Habana, y la Biblioteca Histórica Cubana y Americana…
Zayas rememora: «La Oficina empezó a evolucionar. Se recibían muchas donaciones; los objetos que Roig consideraba no eran propios para nuestras dependencias, se los entregaba a otras instituciones... Así los libros de literatura los enviaba al Instituto de Literatura. A mí me encargó la biblioteca. Él quería algo acorde a sus intereses. Me pidió: ‘Mira, Zayas, yo lo que quiero es que los libros me los acomodes por temas como biografías, historia general… nada de complicaciones’, y yo se los puse por orden alfabético: unos por autores; otros, formando grupos temáticos... o sea, de una manera elemental, no técnica, ni con el sistema decimal, sino sencillamente por un orden temático».
En 1947, al ser trasladada la Oficina del Historiador hacia el Palacio de Lombillo, en la Plaza de la Catderal, ya la Biblioteca Histórica Cubana y Americana llevaba el nombre de Francisco González del Valle. Fallecido en 1944, este historiador fue uno de los prestigiosos intelectuales que, junto a Roig, puso a disposición del público sus libros personales.
La Biblioteca creció mucho gracias a las donaciones y compras de libros. Se coleccionaban también algunos periódicos y revistas como Carteles, Social, El Fígaro... En 1944, le pusieron Francisco González del Valle, en honor a este historiador, el primero desaparecido físicamente de entre los miembros del grupo inicial que donó sus libros personales.
Ya para entonces hubo que establecer un sistema técnico de clasificación. «Recibí un curso de bibliotecario con Jenaro Artiles, empleado también de Roig. Aprendí el sistema de clasificación de bibliotecas; asistí a cursos de preparación general, incluidos uno de historia de América y otro de historia general...», agrega Zayas.
El viejo bibliotecario encomia la labor de Roig como miembro de la Comisión de Monumentos, una de cuyas tareas era velar por la conservación de los inmuebles patrimoniales: «Tuvo que luchar duro, porque los concejales se confabulaban con algunos empresarios dueños de compañías constructoras para derrumbar los edificios:
»–Empiecen a derrumbar por dentro, dejen el frente para lo último; que cuando se descubra, ya la casa no tenga techo ni nada…
»Era un truco. Roig evitó muchas de esas demoliciones, de lo contrario la Habana Vieja no hubiera sido tan vieja hoy. No pudo impedir, sin embargo, que se edificara esa base de helicópteros en la antigua Universidad...»

DESVELOS
Un período de incertidumbre siguió a la muerte de Roig, en 1964. «Cuando muere, empezaron a aparecer individuos interesados en minimizar la labor que había realizado. Decían, por ejemplo, que el Museo ya no era necesario, que había que renovarlo, convertirlo en oficinas… Otros querían que se incorporara como dependencia de la Academia de Ciencias. No obstante, aquellos que fueron en vida sus amigos, siguieron visitando la Oficina y estaban al tanto de las discusiones que había sobre el futuro de la institución. En todo ese tiempo, yo continué mi trabajo en la Biblioteca».
Zayas enfrentó días difíciles. Tuvo que defender su condición de bibliotecario, pues en papeles aparecía sólo como lector de biblioteca: «Me quisieron eliminar, pero el Sindicato avaló mi condición de bibliotecario».
Al rememorar aquellos días, reconoce que sólo con la llegada de Eusebio Leal le volvió el sosiego: «Él es el salvador del Museo de la Ciudad y de la memoria de Roig».
Después de jubilarse, Zayas asistía a cuanta actividad era organizada en su otrora centro de trabajo. En particular, disfrutaba de aquellas dedicadas al cumpleaños de Roig, el 23 de agosto, cuando para recordar la fecha se acostumbra celebrar una reunión de antiguos amigos y compañeros del primer Historiador de la Ciudad, en el propio despacho que ocupara de 1941 a 1947, en el entresuelo del Palacio de los Capitanes Generales (Museo de la Ciudad). «Asistí hasta que empecé con dificultades para caminar y otros problemitas... pero mientras pude, nunca falté».
Durante hora y media, Zayas demostró que aún conserva aquella prodigiosa memoria que lo haría famoso entre sus contemporáneos y, sobre todo, entre los asiduos a la Biblioteca Francisco González del Valle:
«El mismo Leal me elogiaba en las asambleas de trabajadores: ‘Yo le pido a Zayas un dato y me trae un libro ya marcado’, solía decir en aquellos tiempos cuando yo era el bibliotecario de la Oficina...»
María Grant
Editora ejecutiva de Opus Habana
Tomado de Opus Habana, Vol. III, No. 3-4, 1999, pp. 53-55.

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