Creados en 1942, los Congresos Nacionales de Historia tuvieron entre sus principales objetivos, revalorizar hechos significativos de la historia de Cuba. En este sentido, uno de los principales aportes de estos eventos es reconocer en la masonería a la institución que más ha laborado por la libertad, la independencia y el progreso de Cuba.

Creados en 1942, y siendo su Secretario General Emilio Roig de Leuchsenring, Historiador de la Ciudad y presidente de la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, los Congresos Nacionales de Historia tuvieron como propósito fundamental «promover el mayor auge de los estudios históricos, y alentar su cultivo, así como difundir el conocimiento de la historia más allá del círculo de los especialistas, hasta el corazón mismo del pueblo, a fin de que ese conocimiento lleve a la reafirmación permanente de la fe cubana en la evolución histórica de la nacionalidad y estimule el más sano patriotismo».1
Precisamente, uno de los elementos sostenidos para lograr este empeño fue la revalorización profunda de acontecimientos trascendentales en la historia de Cuba, como son «la reivindicación de la revolución libertadora cubana, desconocida casi por completo por nuestra generación republicana, y negada con aviesas miras de reconquista y explotación, por los herederos de los voluntarios y guerrilleros, que jamás han sentido ni amado la República, ni han podido ni querido identificarse con ella, y al amparo de la política agresiva y de la acometividad bélica de la barbarie fasci-nazi-nipo-falangista, pretender negar y destruir la obra por Cuba realizada a favor de la democracia durante dos siglos de lucha por la libertad».2  
 Dentro de esa revalorización del pasado bélico independentista cubano, los Congresos Nacionales de Historia reconocieron en la masonería a la institución «que más ha laborado por la libertad, la independencia y el progreso de Cuba»,3 idea plasmada ya desde el primer Congreso como una reivindicación histórica; sostenida y ampliada en las ediciones sucesivas del evento, celebradas durante el período republicano.4 
El trascendental vínculo entre la masonería cubana y el proceso independentista comenzado en octubre de 1868, así como la decisiva ayuda tributada por una parte de esa institución, agrupada en el Gran Oriente de Cuba y las Antillas (GOCA) y posteriores seguidores, al grupo gestor de esa lucha, fueron objeto de hondo y crítico análisis científico por parte de los Congresos Nacionales de Historia, hecho que convierte a este evento en una importante fuente para el estudio de la relación entre masonería cubana y movimiento independentista de 1868.
La masonería cubana fue abordada por los Congresos Nacionales de Historia a través de dos vías. La primera, mediante la presentación de investigaciones a las comisiones de trabajo por parte de historiadores especializados en el tema, muchos de los cuales, a su vez, eran prestigiosos masones. La segunda incluye, además de la reivindicación histórica mencionada anteriormente, la realización de varios homenajes a «la obra cívica y revolucionaria de los masones» y a la «significación patriótica de la masonería cubana», como el tributado a la actividad desarrollada por esa institución en Trinidad, durante el sexto Congreso celebrado en esa ciudad en octubre de 1947.
Estos elementos contribuyeron a crear un estrecho vínculo entre los Congresos Nacionales de Historia y la institución masónica cubana, cuyo máximo representante: el Gran Maestro de la Gran Logia de Cuba, Venancio Méndez Lasarte, hizo entrega, durante la sesión inaugural del quinto Congreso, de una Medalla de Oro y un diploma a Emilio Roig de Leuchsenring, «en reconocimiento por la moción por él presentada y aprobada por el primer Congreso Nacional de Historia, que proclama la obra excepcional de la masonería en pro de la cultura y la libertad de Cuba».5 
Elemento de unión entre los Congresos Nacionales de Historia y la masonería cubana es el civismo patriótico, (en cuanto se identifica con los símbolos patrios. Roig lo adoptó también. Tiene un inspirado colaborador en Dalmau, quien no albergó contradicciones entre su patriotismo y su religión).
Otro momento significativo del reconocimiento entre ambos organismos y del beneplácito para con sus actividades, tuvo lugar en 1955, en el undécimo Congreso, durante el cual se hizo llegar un mensaje de congratulación a la Gran Logia de Cuba «que continuando su nobilísima e incomparable labor de cultura, patriotismo y devoción a los ideales republicanos, que con toda justicia reconoció y exaltó el primer Congreso Nacional de Historia, recientemente ha dado nueva prueba de su amor a tan altos principios cuando al consagrar, en febrero del presente año su magnífico Gran Templo en la ciudad de La Habana, ha dedicado en él sendos hermosos locales para el funcionamiento de la Biblioteca Pública José Martí, del Museo Histórico Aurelio Miranda Álvarez, de la Academia de Altos Estudios Masónicos, y ha creado también en dicho edificio un Rincón Martiano y una Galería de Próceres Americanos».6

 

 
Imagen superior: Gran Templo Masónico de La Habana, inaugurado el 27 de febrero de 1955. Sobre estas líneas: Reconocimiento de Mérito otorgado a Emilio Roig de Leuchsenring por el Gran Maestro de la Gran Logia de Cuba, Venancio Méndez Lasarte, durante la sesión inaugural del quinto Congreso Nacional de Historia, por su labor en aras de reconocer la obra excepcional de la masonería en pro de la cultura y la libertad de Cuba. 

 

 


La referencia a la masonería cubana en los Congresos Nacionales de Historia fue incrementándose, y estuvo presente de forma ininterrumpida a partir de la quinta edición. Al igual que los tributos de homenaje a la masonería fueron adquiriendo mayor connotación, la presentación de estudios sobre esta temática en las comisiones de trabajo aumentó significativamente, tanto en el número de participantes, como en la variedad y profundidad del contenido de las ponencias.
Aunque los trabajos incluyeron temas relacionados al surgimiento y desarrollo de la masonería en Cuba, la mayoría de ellos ahondó en la relación de esa institución con la independencia de la Isla, así como los antecedentes de ese vínculo.
Precisamente, uno de los trabajos presentados por Roger Fernández Callejas al primer Congreso Nacional de Historia, Primera Gran Logia Cubana y su influencia en la independencia de Cuba abordó la creación de la Gran Logia Española de Antiguos y Aceptados Masones de York, y su afloramiento, en 1820. «Esta Gran Logia tuvo una gran influencia en el seno de la sociedad cubana, predicando sus principios y permitiéndole tener el primer vehículo fuerte para unificar en una sola acción a los cubanos amantes de la independencia».7
Aunque su creación es anterior a 1820, esta logia, cuyos miembros eran conocidos como los yorkinos, afloró en esa fecha gracias a las libertades políticas y sociales promulgadas por el triunfo del movimiento liberal constitucionalista de Rafael del Riego, en España. Paralelo a ello, también afloró otro organismo masónico: el Gran Oriente Territorial Español Americano del Rito de Escocia, con características diferentes a la de los yorkinos. Estos últimos tenían su centro de expansión en Estados Unidos, sobre todo en Pensilvania, por lo que quedaban bajo la influencia de sus proyecciones, profundamente liberal y anticlerical. «Bajo la consigna de extender “el área de la libertad”, los yorkinos norteamericanos intentaban influir en el desarrollo del movimiento independentista latinoamericano; en particular, en México y Cuba, regiones estas últimas que estaban en los planes norteamericanos de expansión territorial».8
De ello se deriva que la Gran Logia Española de Antiguos y Aceptados Masones de York destaque por su tendencia liberal, méritos que en Trienio Liberal sale a la palestra pública junto a la logia de los peninsulares, pero que obviamente no tiene carácter independentista.
Sin embargo, dada su proyección, la logia de York fue considerada por Fernández Callejas —de forma implícita, en la ponencia presentada al Congreso— como el antecedente del Gran Oriente de Cuba y las Antillas (GOCA). Un elemento que lo demuestra es que ambas tienen como denominador común no solo su carácter liberal, sino también la obligación de amar a la patria, como precepto fundamental a cumplir por sus miembros.
En estos momentos, es válido citar una reflexión hecha por Eduardo Torres Cuevas en su libro Historia de la masonería cubana. Seis ensayos, en donde explica que «la historia de la masonería cubana tiene etapas y períodos como los tiene la historia de la masonería universal. Ello no solo está determinado por los tiempos históricos, sino también por la evolución misma de las ideas y las prácticas masónicas. Si bien los principios generales de la institución se formularon en el siglo XVIII, durante el proceso de creación de la Gran Logia de Inglaterra, a lo largo de ese siglo y durante los primeros años del XIX, no solo se desarrollan los sistemas de grados, sino los ritos mismos, creándose un campo de tensión entre la eticidad masónica y sus formas de concretización práctica. De ahí que no se supiera delimitar el espectro del accionar masónico a la práctica política. La identificación con la Ilustración —de la cual la masonería es hija legítima— y, en algunas tendencias con el liberalismo, explica que para muchos dentro y fuera de la institución no resultara comprensible que, si bien se compartía una misma concepción, el área de acción fuese diferente».9
Interiorizar estas ideas permite no solo aceptar que existieron diferentes proyecciones entre una logia y otra, sino también comprender la evolución de pensamiento de la propia masonería cubana, que sin perder su esencia ética «y de una acción social y cultural filantrópica y de enraizamiento nacional con una activa proyección fraternal internacional», amplía su interés hacia «la problemática de un país en formación —no europeo—, colonial, esclavista y explotado. Su objetivo, la formación de un ciudadano —no vasallo— y de una nación —soberana— de rasgos nacientes y peculiares»,10 son síntomas evidentes de la identificación de esa institución con lo cubano, y de su inclusión en el proceso formativo de la cubanidad, en el siglo XIX.
El caso más representativo, en este sentido, es el Gran Oriente de Cuba y las Antillas (GOCA). Fundado por Vicente Antonio de Castro en 1862, fue definido como un cuerpo de pedagogía social, que basaba sus principios en la ciencia y la virtud, de lo que se deriva su interés en «la formación de hombres moralmente útiles, despiertos al pensamiento, dispuestos a actuar en beneficio del país y de la humanidad, de modo racional y ético. Esta concepción implica que, para él, su proposición pedagógico-filosófico-política constituya el sistema más perfecto de educación social del hombre».11
Para el GOCA, el elemento esencial en la actividad del hombre es la conciencia, «brújula que le guía por la intuición y le fuerza por el dolor moral o el remordimiento, le permite actuar por objetos más altos que el propio disfrute de lo material y superar los instintos bajos y mezquinos. La conciencia es la base moral por la cual el hombre trata de actuar con justicia, independientemente de su interés particular».12
Reservorio de las inquietudes independentista y librepensadora que definieron la ideología del movimiento iniciado en 1868, el GOCA, y las logias sucesoras: Segunda Madre Logia Provincial y, posteriormente, la Gran Logia de la Isla de Cuba, llevaron a la masonería cubana a un estadío superior en cuanto a su proyección ideológica. De clara tendencia independentista, el GOCA agrupó en su seno «a la mayoría de los conspiradores por la independencia de la Isla»,13  como dio a conocer el historiador masón Francisco J. Ponte Domínguez, en el trabajo La masonería como factor esencial de la emancipación política del pueblo cubano, presentado al décimo Congreso Nacional de Historia, celebrado en 1952.
Si bien la historiografía cubana actual atesora una mayor documentación sobre la masonería, que en las décadas del 40 y el 50 del siglo XX, los estudios realizados en esa época, en particular por los Congresos Nacionales de Historia, ofrecen enfoques interesantes que sentaron las bases sobre las cuales hacer nuevas investigaciones. Además, el estudio de estos eventos nos permite comprobar desde cuándo están en el centro del análisis determinadas problemáticas historiográficas, en este caso relativas a la masonería cubana.
Reflexiones hechas durante el noveno Congreso motivaron la conformación de uno de los acuerdos de esa edición, que reconoció la actuación de la francmasonería cubana en pro de la independencia desde 1812.  Varios trabajos presentados en los Congresos reflexionan sobre la influencia del GOCA en el pensamiento cubano decimonónico, no solo en el ámbito político, sino también en el social, y en la educación,  Unido al pensamiento liberal de la época, la herencia del pensamiento de intelectuales cubanos como José de la Luz y Caballero, influyeron en la consolidación de sus preceptos sociales y culturales, incidiendo, a su vez, en la conformación de un pensamiento independentista, que provenía de un profundo conocimiento acerca de la realidad cubana, y de sus necesidades.  
Dentro de las problemáticas analizadas por los Congresos Nacionales de Historia aparece la cuestión de la militancia de José Martí en la masonería. Pese a que en esa época persistían «dificultades que han encontrado los estudiosos para obtener los documentos de esta iniciación, a pesar de la certeza de que existen»,14 es loable el acercamiento a esta temática por los historiadores masones Roger Fernández Callejas y Francisco Ponte Domínguez, partiendo de la información contenida en los documentos de Francisco Solano Ramos y Fermín Valdés Domínguez, amigos de Martí, que coincidieron con él durante su estancia en España. Allí se inició Martí en la masonería, en Armonía, taller integrante del Gran Oriente Lusitano Unido, del cual llegó a ser orador.
Este tema ha dado nuevos frutos en la actualidad, gracias a las investigaciones desarrolladas por historiadores como Eduardo Vázquez y Eduardo Torres Cuevas. Además de confirmar la filiación  masónica de Martí, gracias a la localización de la documentación de su iniciación, se han aclarado varias incongruencias existentes hasta el momento, como la referida a la edad que tenía Martí cuando supuestamente ingresó a la logia Armonía. Según la norma masónica, la edad mínima de ingreso era de 21 años. Cuando Martí llega a España no había cumplido siquiera los 18 años. Lo cual entraba en contracción con lo estipulado por el reglamento masón. La incógnita fue despejada por el investigador español Ferrer Benimeli, quien demostró que algunas logias españolas, entre ellas la Armonía, de modo excepcional, permitían la entrada a algunos jóvenes de probadas virtudes a los 18 años, edad cumplida por el Apóstol poco después de haber llegado a España, el 28 de enero de 1871.
Estas cuestiones confirman lo acertado de incluir a la masonería cubana entre los temas debatidos en los Congresos Nacionales de Historia, por la contribución que ello significó en la historiografía cubana, sobre todo la referida a la guerras iniciadas en 1868, donde desempeñó la labor de aglutinación y consolidación de la ideología independentista y patriótica. Pero también los Congresos Nacionales de Historia tributaron al desarrollo de la masonería, y su historia. Al entregar a Emilio Roig el reconocimiento y la Medalla de Oro, durante el quinto Congreso, el Gran Maestro de la Gran Logia de Cuba, Venancio Méndez Lasarte, expresó la gratitud de la institución y de todos sus miembros para con el Congreso, por el «acto de justicia, sentida por todos los cubanos y de trascendencia excepcional en nuestro medio: reconocer y proclamar el esfuerzo prestado por la masonería cubana, como institución y por el brazo y la acción de miembros destacados de ella, al triunfo de las ideas de libertad en nuestra tierra y a la creación, primero de una patria, y a la conquista, más tarde, de una nacionalidad en los campos de batalla». También explicó cuánto aportaba a la masonería cubana esa «verdad que históricamente es irrebatible y conocida de cuantos saben historia, cuenta con el respaldo autorizado de un cuerpo científico irrecusable. Aquella verdad ha entrado a formar parte del caudal de conocimientos que sobre nuestro pasado no se podrán ya discutir en adelante, y la masonería aparece en la historia de nuestra patria con el verdadero relieve que le pertenece y en la postura de vanguardia que siempre ocupó en cuanto al progreso, en orden a la democracia, y en la lucha secular ya entre nosotros, por la libertad».15

Celia María González
Opus Habana

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1. Emilio Roig de Leuchsenring: Veinte años de actividad de la Oficina del Historiador de la Ciudad. Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana, 1955, p.11.
2. Ídem, p. 13.
3.«Revalorizaciones históricas y otros acuerdos», en: Primer Congreso Nacional de Historia. Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana, 1942, p. 165.
4.Entenderemos aquí por período republicano la etapa que la historiografía cubana ha dado en llamar República mediatizada o Pseudorepública, y que comprende de 1902 a 1958.
 5.Emilio Roig de Leuchsenring: Veinte años de actividad de la Oficina del Historiador de la Ciudad. Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana, 1955, p. 53.
 6.Ídem, p. 83.
 7.Roger Fernández Callejas. «Primera Gran Logia Cubana y su influencia en la independencia de Cuba».  En: Primer Congreso Nacional de Historia. Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana, 1942, p. 30.
 8.Eduardo Torres Cuevas. Historia de la masonería cubana. Seis ensayos. Editorial Imagen Contemporánea, La Habana, 2005, p. 71.
 9.Idem, p. 79.
 10. Idem, p. 121
 11.Eduardo Torres Cuevas. Historia de la masonería cubana. Seis ensayos. Editorial Imagen Contemporánea, La Habana, 2005, p. 140.
 12.Idem., pág. 141-142.
 13.Francisco J. Ponte Domínguez: «La masonería como factor esencial de la emancipación política del pueblo cubano». En: Décimo Congreso Nacional de Historia. Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana, 1953.
 14.Eduardo Torres Cuevas. Ob.cit., pág. 309.
 15.Emilio Roig de Leuchsenring: Veinte años de actividad de la Oficina del Historiador de la Ciudad. Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana, 1955, Pp. 99-100.

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