La exposición «¡Ay, Dios mío!» del artista Eduardo Abela, fue inaugurada este viernes en la galería del Palacio de Lombillo por el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal Spengler.
Incisiva y polémica, esta muestra de Eduardo Abela suscita innumerables interrogantes, al margen de cualquier intento por definir su obra artística.

 Un santito bizantino es arrullado por una geisha extrapolada de un grabado Ukiyo-E, quien le ruega: Ay, San Antonio, búscame un novio… El cariz humorístico de la escena contiene —sin embargo— un trasfondo revelador de la posible confusión entre significante y significado: si nos alejáramos bastante o difumináramos la imagen, aunque quedase nítido el pezón desnudo de la masajista japonesa, podría creerse que se trata de la representación de la virgen María en su variante más íntima: sosteniendo al niño Jesús en sus brazos, acariciándole cariñosamente la mejilla o dándole el pecho.
Todo el arte de Eduardo Abela parece basarse sobre ese tipo de trastrueque, de ahí que resulte tan difícil explicarlo a ciencia cierta. Y si me atrevo —Ay, Dios mío— a escribir estas palabras, es porque nos lo pidió una amiga común que tiene tanto de virgencita de estampa holandesa como de geisha pintada por Balthus o Foujita; me refiero solamente —valga la aclaración— al agraciado rostro de nuestra querida y sensible K.
Para zanjar mi compromiso con ellos, podría haber apelado a conceptos como apropiación, cita, parodia, chiste, neohistoricismo, posmedievalidad…, pero mi insatisfacción hubiera sido aún mayor al no poder definir con esos términos el verdadero sentido de esta muestra. «A caballo regalao… no se le mira el colmillo», les recordé a ambos por si acaso fallo en el intento.
 Es cierto que, al igual que otros creadores de su generación, Eduardo Abela incorpora elementos de la iconografía legada a la cultura occidental por el Medioevo. Pero la incorporación de la amiga asiática —perdón, quise decir: de la geisha— obliga a desencasillarlo como un posmedieval y, dado que las definiciones son siempre frágiles, preguntarle a él mismo: ¿Y tú, Abela, cómo definirías tu propia obra?
Esa es la clase de preguntas que, como crítico, nunca debes hacer si te propones que el pintor te regale un cuadro o Señor, una monedita… De modo que me ingenié unas cuantas interrogantes que, al margen de la historia del arte universal, pretenden compartir mis dudas como espectador ante una propuesta que considero altamente incisiva y polémica.
¿Es que acaso esta exposición se propone subvertir la función de las imágenes votivas para, con un discurso anticanónico, hacernos reflexionar sobre los pilares de la verdadera fe? (Dios le da jaba al que no tiene jugada; La suerte es loca).
¿Será que pretende socavar las bases dogmáticas de ciertas prácticas relacionadas con el ejercicio del poder, sea quien sea el que lo detente? (Línea directa con Dios).¿O se trata de una indagación en la idiosincrasia del cubano de hoy; digamos, una reivindicación pictórica del choteo como nuestro hábito o actitud más generalizada? (Si me pides el pescao te lo doy).
Es imposible en tan poco espacio responder a ninguna de estas cuestiones, ni creo que sea necesario para disfrutar una vez más del arte de Eduardo Abela. Eso sí, me asalta una última duda: ¿habrá correspondido el bueno de San Antonio a las rogativas de nuestra querida K.?



(Palabras al catálogo de la exposición de Eduardo Abela «¡Ay, Dios mío!», inaugurada el 7 de octubre de 2005).

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar