Esta tarde quedó inaugurada en la galería de arte del Palacio de Lombillo la exposición «Santos y señas», del pintor, escenógrafo y diseñador Alfredo Sánchez Iglesias (Santiago de Cuba, 1967). Sus pinturas, que remedan el arte bizantino, denotan la «delicadeza de su oficio», al decir del Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal Spengler, en la apertura de la primera muestra personal en suelo habanero de este artista.
Sobre lienzos, papel manufacturado y un jarrón de cerámica, el pintor emerge con una interesante propuesta en el empleo de códigos y referentes del arte bizantino bien arraigados en quien cursó también estudios artísticos en Rusia.

 De Andrei Rubliev a Marc Chagall, en un inusitado juego de apropiaciones, la obra de Alfredo Sánchez Iglesias (Santiago de Cuba, 1967) cautiva desde el primer instante por su sinceridad, opera prima gestada en la soledad de Cumanayagua, a las faldas de la Sierra del Escambray.
Del segundo de esos pintores nacidos en Rusia, hereda el concepto de lumière-liberte y color-amour, o sea, la viveza del color que –unida a la gracilidad de las figuras– remite al entorno que lo circunda: la poética del campesino, los arroyos y las palmas del Jobero... Hay, además, ese deseo de modificar la realidad, fantaseándola, como esa virgencita dolorosa que protege la cosecha de la asechanza y de ingenuos espectros: el gallo y la gallina fragmentados contra cubos o cercas.
Esta asunción chagalliana –que no esconde– obedece a que debió estudiar profundamente a ese pintor como parte de su carrera en la Academia de Arte de San Petersburgo. De hecho, en un momento difícil de su vida, Chagall debió ganarse el sustento como escenógrafo y diseñador de vestuarios para el Teatro Judío Kamerny. Y eso mismo realiza Alfredo en el Teatro de los Elementos, grupo artístico que incide en las comunidades serranas de la premontaña.
 Durante sus clases en el Ermitage y los templos ortodoxos como la Catedral de Isaac, Sánchez Iglesias respiró el aura de los iconos bizantinos, que él retoma en obras como 3 boyeros y cuernos de zanahoria, una sugerente alegoría a la Santísima Trinidad, tan enigmática como las soluciones de Andrei Rubliev al dogma de la consustancialidad. Sólo que aquí, en lugar de la copa o el cordero, es un motivo grotesco –la osamenta de buey con cuernos de zanahoria– el símbolo del sacrificio que comparten los arcángeles, más terrenales que divinos.
Renuente a la parodia directa, este artista de la espátula emerge con una interesante propuesta en el empleo de códigos y referentes de la historia del arte bizantino. Y lo hace honestamente a partir de su ser autobiográfico, compartido entre las noches blancas de San Petersburgo y el pulmón verde de la Sierra del Escambray.


(Palabras al catálogo de la exposición «Santos y señas», inaugurada la tarde del 19 de mayo de 2006 en la galería de arte del Palacio de Lombillo)

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