Sobreilustrando las páginas de antiguos libros científicos, así como con sus pinturas e instalaciones, este joven artista ha creado un mundo inefable donde todo es posible: desde la obtención del homúnculo hasta el diseño del perpetuum mobile.
 Aunque la edición general de Opus Habana discrepa con las cuatro líneas finales de este artículo, sale aquí de manera íntegra por la importancia que reviste para el discernimiento de la obra de Carlos Guzmán.
 Sus artefactos y máquinas parecen salidos de los proyectos de Da Vinci, pero en cada entrevista Guzmán reconoce que, al hacerlos, piensa «en los hermanos Lumière y en Melier con su viaje a la Luna».
 Aunque de lejos parecen paisajes de la pintura europea, de cerca son cubanos o de la selva americana. Y es que tras su luminiscencia dorada, casi irreal, la obra de este joven pintor nos revela en detalle lo que reconocemos como propio: llámese campesino o bohío, palma o yagruma...